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«No estás gorda, tenés el cortisol alto»: la frase que le explicó a Vanina ocho años de dietas que no le cambiaban la cara

Hizo cuatro planes de alimentación, dos gimnasios y tres meses de ayuno intermitente. La balanza bajaba y la cara seguía igual. Una farmacéutica de Villa Urquiza le hizo la pregunta que ningún nutricionista le había hecho.

Por Camila Rossi18 de agosto, 20267 min de lectura

Vanina tiene 41 años y una foto que no borró. Es de un cumpleaños de mayo del año pasado. Está de perfil, riéndose, y lo primero que ve cuando la mira no es la risa: es la línea del mentón.

"Pesaba menos que en el cumpleaños anterior. Cuatro kilos menos. Y en la foto me veía peor", cuenta. "Ahí dejé de entender."

El espejo de la mañana era la parte del día que menos le gustaba.
El espejo de la mañana era la parte del día que menos le gustaba.

Lo que sigue es su historia y la explicación que le dio la profesional que le cambió el enfoque. No es un caso extraordinario: lo que más le costó aceptar, dice, fue darse cuenta de cuánta gente alrededor estaba en lo mismo sin saberlo.

Lo que le pasaba, dicho como lo dice ella

No es dramático. Ese es el punto.

Se levantaba con la cara distinta a como se había acostado. Los párpados pesados, la mandíbula sin la línea que tenía a los treinta, "la cara de almohada que no se me iba ni a las once de la mañana".

Después estaban las otras cosas, las que ella nunca conectó entre sí:

  • El jean que a la mañana cerraba y a las siete de la tarde no.
  • Las marcas del corpiño en la espalda, "como si me hubiera atado con un piolín".
  • Despertarse a las tres de la mañana sin motivo, mirar el techo cuarenta minutos y volver a dormirse.
  • El ataque de dulce a las once de la noche, después de haber comido perfecto todo el día.
  • Y el cansancio raro de las tres de la tarde, ese que no se arregla con café.

"Yo pensaba que eran cinco problemas distintos. Uno era la cara, otro era el sueño, otro era la ansiedad con la comida. Nunca se me ocurrió que pudieran ser el mismo."

Cuando le preguntaba a alguien, la respuesta era siempre alguna versión de lo mismo: dormí más, tomá más agua, bajá el estrés, comé menos sal. Consejos que no están mal. El problema es que ella ya los estaba haciendo.

Lo que probó en ocho años

Le pedí que armara la lista. Le llevó un rato: había cosas que ya había olvidado.

  • Cuatro planes de alimentación con tres nutricionistas distintas. Bajó peso en tres de los cuatro.
  • Dos gimnasios, uno de ellos con entrenador personal durante siete meses.
  • Ayuno intermitente, tres meses, "el más difícil de todos".
  • Drenaje linfático manual, ocho sesiones. "Salía de ahí espectacular. Al día siguiente, igual que antes."
  • Té de hinojo, agua con limón, cola de caballo. Diuréticos de kiosco, en sus palabras.
  • Magnesio de farmacia, el de siempre, el más barato. Le cayó mal al estómago.
  • Gomitas de ashwagandha, dos frascos, "porque las vi en todos lados".

No todo fue inútil, y es importante decirlo. El drenaje le funcionaba: el problema era que duraba un día y medio. El gimnasio le mejoró la fuerza y el humor, y no le tocó la cara. El ayuno le bajó dos kilos y le empeoró el insomnio.

Sumó lo gastado en esos ocho años entre profesionales, suplementos y sesiones. Prefirió no decir el número. "Es la cifra de unas vacaciones", dijo, y se rió sin ganas.

Hay un costo que no está en ese número: ocho años convencida de que el problema era ella. Que le faltaba disciplina. Que si no le funcionaba lo que le funcionaba a todo el mundo, algo estaba haciendo mal.

La pregunta que le hicieron y nadie le había hecho

Fue en una farmacia de Villa Urquiza, un martes, mientras buscaba otra cosa. La farmacéutica —que ella conocía de vista, de años de comprar ahí— la vio revolviendo la góndola de diuréticos y le preguntó para qué.

Vanina le contó lo de la cara.

La mujer le hizo una sola pregunta: ¿la hinchazón es peor a la mañana o a la noche?

"A la mañana", contestó. "Siempre a la mañana. Es lo primero que veo."

"Ahí me dijo la frase. Me dijo: mirá, no es que estés gorda. Eso que ves a la mañana probablemente sea líquido, y el líquido lo está manejando otra cosa. Tenés que mirar el cortisol."

Y le explicó algo que Vanina no había escuchado en ocho años de consultorios.

El cortisol es la hormona con la que el cuerpo responde al estrés. No es mala: es la que te levanta a la mañana y la que te saca de un apuro. El problema no es que exista, es que hoy muchísima gente vive con el sistema encendido todo el día y nunca del todo apagado a la noche.

Y el cortisol, además de despertarte, tiene un efecto secundario del que casi no se habla: influye sobre cómo el cuerpo maneja el sodio y el agua. Cuando está alto de forma sostenida, el organismo tiende a retener más sodio, y donde va el sodio va el agua.

Esa agua no se distribuye pareja. Se acumula en los tejidos más blandos y con menos drenaje: párpados, mejillas, debajo del mentón, la zona de la cintura, los tobillos.

Donde queda el sodio, queda el agua. Y no se reparte pareja.
Donde queda el sodio, queda el agua. Y no se reparte pareja.

Ahí, dice Vanina, se le acomodaron ocho años de golpe.

Por eso la balanza bajaba y la cara no cambiaba. La balanza mide masa. Ella estaba perdiendo masa y conservando agua.

Por eso el drenaje le funcionaba un día. Le sacaba el líquido que ya estaba. No tocaba el motivo por el que volvía.

Y por eso las dietas más estrictas le habían dado los peores resultados. Comer muy poco, dormir mal y entrenar fuerte al mismo tiempo es, para el cuerpo, más estrés, no menos.

Estaba peleando contra la báscula mientras el problema era otro.

Qué tenía que hacer, entonces

Si la cuestión era el estrés sostenido y la retención que viene con él, la respuesta tenía que trabajar en un momento muy específico: la noche. Que es cuando el sistema tendría que bajar y en muchas personas no baja del todo.

La farmacéutica le explicó por qué el magnesio que había comprado no le había hecho nada, y por qué las gomitas tampoco.

Con el magnesio, el tema es la forma química. El de góndola suele ser óxido de magnesio: barato, y con una absorción bastante pobre — buena parte no llega, y lo que queda en el intestino es lo que a ella le cayó mal. El glicinato es magnesio unido a glicina, un aminoácido. Se absorbe distinto y no tiene el efecto laxante del óxido.

Con la ashwagandha, el tema es el extracto. "Extracto de ashwagandha" en una etiqueta puede ser cualquier cosa y en cualquier cantidad. KSM-66 es un extracto estandarizado, con un proceso definido: es la versión que se usa en los estudios, no polvo de raíz genérico.

Terminó comprando Calmify, que es una fórmula argentina en polvo que combina ocho componentes en una sola toma. Lo que le importó de la lista:

  • Ashwagandha KSM-66 — el extracto estandarizado, no genérico.
  • Magnesio glicinato — la forma quelada, la que se absorbe.
  • Glicina — el aminoácido al que va unido el magnesio; asociado al descanso profundo.
  • L-Teanina — el aminoácido del té verde, el que da calma sin dar sueño.
  • Taurina, Zinc, Vitamina B6 y Vitamina D3 — los cofactores. Sin B6 y zinc, buena parte del resto trabaja a media máquina.
Pote de Calmify en la mesada de una cocina, con la cuchara medidora y un vaso de agua.

Lo que le explicó la farmacéutica es que la diferencia acá no está en la lista —cualquiera puede escribir ocho nombres en una etiqueta— sino en qué versión de cada cosa se usa y en que estén todas en la misma toma. Ashwagandha hay en cualquier kiosco de suplementos; KSM-66 no. Magnesio hay en toda farmacia; glicinato, bastante menos.

Es un polvo sabor frutilla: una cucharada en 200-250 ml de agua, una hora antes de acostarse. Sin gluten, sin lácteos, sin colorantes artificiales, apto vegano. Un pote rinde un mes.

Eso último es lo que Vanina remarcó tres veces: una sola cosa, una vez por día, en un horario fijo. Los ocho meses que estuvo con cuatro frascos distintos en la alacena, se los olvidaba.

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Lo que pasó, semana por semana

Le pedí que fuera lo más honesta posible, incluso con lo que no funcionó.

"Lo compré convencida de que era el noveno gasto al pedo", dijo. "Lo tomé porque ya lo había pagado."

Semana 1
Nada en el espejo. Lo único: se dio cuenta de que no se había despertado a las tres de la mañana. "Pensé que era casualidad." Anotó que el sabor le pareció más dulce de lo que esperaba.
Semana 2
Bajó el ruido mental de la noche. El ataque de dulce de las once dejó de aparecer todos los días — algunos sí, otros no.
Semana 3
La primera señal en la cara. No en el espejo: en una foto que le sacó la hermana. "Ahí vi el mentón."
Semana 4
El jean cerró a las siete de la tarde. Es la primera vez que menciona la ropa en toda la charla.
Semana 6
La cara de la mañana, dice, dejó de ser un tema. "No es que amanezco divina. Es que amanezco con mi cara."
Semana seis. La mañana dejó de empezar frente al espejo.
Semana seis. La mañana dejó de empezar frente al espejo.

No fue mágico y ella es la primera en decirlo. Sigue teniendo 41 años, sigue durmiendo mal las semanas de cierre en el trabajo, y en enero se olvidó de tomarlo cuatro días seguidos y lo notó.

Pero dejó de pelearse con la balanza. Que era, dice, la parte más cansadora de todo.

Lo que dijeron otras

Cuando Vanina contó esto en su grupo de WhatsApp del trabajo, se armó una conversación de dos días.

★★★★★

Yo ya tenía magnesio en casa, del de farmacia, y no me había hecho nada. Lo tomé igual porque una compañera insistió. La diferencia para mí no fue la cara, fue dejar de asaltar la alacena a la noche. Eso me sorprendió más que nada.

Marina, 38 — Quilmes
★★★★★

Pensé que a mi edad ya era todo cuesta abajo y que había que aguantar. Tardó más que en otros casos, casi cinco semanas, y no me cambió el peso. Me cambió cómo me queda la ropa a la tarde, que no es lo mismo.

Silvia, 47 — Rosario
★★★★

No tengo paciencia para rutinas. Esto es un vaso antes de lavarme los dientes, con eso me alcanza. Lo único: las dos primeras semanas no vi nada y estuve a punto de dejarlo.

Daniela, 34 — Córdoba

Cuánto sale

Antes del precio, esto es lo que Vanina ya venía gastando, con los números que me pasó ella.

Drenaje linfático (8 sesiones)$240.000Duraba un día
Nutricionista (4 planes, 3 profesionales)$310.000Bajó peso, la cara igual
Gimnasio con entrenador (7 meses)$420.000Fuerza y humor, nada de hinchazón
Suplementos sueltos y tés$95.000Ninguno
Calmify (1 mes)$45.990Primera señal a la tercera semana

Cuarenta y cinco mil novecientos noventa el pote de un mes, con precio de lista de $64.990. Puesto en días, es menos de lo que sale un café por día durante ese mes.

Hay dos packs que bajan bastante el número por unidad y que tienen sentido si vas a sostenerlo, porque el efecto es acumulativo y el propio fabricante lo dice: el cambio en la ropa aparece entre la cuarta y la quinta semana. Con un solo pote llegás justo.

  • 1 pote — $45.990
  • 2 potes — $59.990, con envío gratis
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Se envía por Andreani a todo el país, se despacha dentro de las 48 horas hábiles y llega en 3 a 5 días al AMBA, 3 a 7 al resto. Y tiene 30 días de garantía: si no te sirve, devolvés y te reintegran el 100%, sin condiciones.

Eso último es lo que la decidió a ella. Después de ocho años de gastos que no se recuperaban, era el primero que sí.

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Lo último

Si estás donde estaba Vanina —haciendo todo bien y sin entender por qué el espejo no acompaña—, lo único que vale la pena que consideres es que la explicación puede ser otra. Que no te falte disciplina. Que estés midiendo con el instrumento equivocado.

Podés seguir como venís, que fue lo que ella hizo ocho años, o probar treinta días y ver qué pasa. Si no pasa nada, lo devolvés.

"Lo que más bronca me da no son los años", me dijo al final. "Es haber pensado todo ese tiempo que era culpa mía."

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